
Ayer iba conduciendo cuando una voz en la radio anunció la muerte de José Saramago. Como en otro artículo de este blog había contado, sólo tuve ocasión de verlo en persona una sola vez, y bastó para hacer carne al mito, y al contrario de lo que en muchas ocasiones suele ocurrir, mantener las expectativas creadas por la lectura de sus libros.
Al saber que este hombre sabio de acento dulce y fluido, como a mí al menos me suena el portugués o el español pronunciado con acento del país vecino, ya nos había dejado, me sentí por un minuto desconcertado. Alguna vez me había ocurrido con alguien al que por su obra te sientes cercano y admiras, aunque no exista una relación personal directa sino a través de sus canciones, sus personajes, o como es este caso a través de sus escritos.
Un minuto en el que títulos, personajes, sensaciones tenidas durante las lecturas, desfilaban por mi mente. Un minuto en el que una tensión en los labios y cierta presión en el pecho, me decían que algo importante se había perdido. Ya "El Nóbel comprometido", como algunos lo han llamado, no seguirá sorprendiéndonos con sus pensamientos y su lucidez, pero como siempre, ahí nos deja su obra para seguir descubriéndola y releyéndola, y al igual que ayer, cuando concluyamos la última página, vivamos ese minuto tras el último punto. No el que marca el final... sino en el caso de José Saramago, punto y seguido.
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