
Con motivo de su cumpleaños, el periódico El País publicó el pasado domingo una entrevista con José Saramago donde habla de su último libro hasta ahora, "El viaje del elefante", y de su recuperación asombrosa durante los tiempos más recientes. 86 años, un quiebre a la muerte no hace ni siquiera doce meses, y una frescura mental que se demuestra cada día. Múltiples son los títulos que este Premio Nóbel "ibérico" nos ha regalado a lo largo de su trayectoria: "Ensayo sobre la ceguera", "El evangelio según Jesucristo", "Las intermitencias de la muerte", por ofrecer tan sólo un pequeño aperitivo de su extensa bibliografía.
No me considero una persona mitómana, pero con José Saramago me ocurrió hace unos años algo que aún hoy recuerdo con claridad. Yo había leído algunas de sus obras, y era entusiasta seguidor suyo. Con motivo de unas jornadas de poesía en la Fundación Rafael Alberti de El Puerto de Santa María, el genio portugués ofrecía una conferencia sobre... no es el tema lo importante de la historia. Cuando finalizó la charla, yo, que había asistido con un par de ejemplares de su novela "Todos los nombres" para que me los firmara, merodeaba alrededor manteniendo las distancias y buscando el momento de acercarme. Jamás había sentido este síndrome del "fan" de una manera tan fuerte, esa inseguridad traducida en la duda constante de cuándo y cómo acercarme. En un descuido, de repente, me lo encontré a cuatro metros dirigiéndose hacia donde yo estaba. Sin pensarlo, o sin quererlo, le pedí que me firmara los libros que desde hacía rato sostenía en mis manos. No he vuelto a sentir ante nadie la presencia calma y sabia que aquel hombre de cara arrugada transmitía. Con un esbozo de sonrisa, me preguntó los nombres a quién quería que fuera la dedicatoria, y mientras garabateaba en la primera página de ambos tomos, yo pensé que había viajado en el tiempo y me encontraba ante un filósofo griego. Lo ví marcharse, y mientras tengo en mi mesa ahora las líneas de su puño con mi nombre, en "Todos los nombres", rememoro el regustillo que me dejó aquel fugaz encuentro, mientras tarareo por lo bajini una melodía parecida a "Feliz Cumpleaños" (o algo así...) que acompañe en su viaje a este elefante de la literatura.
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